




Abril de 2010
Querido Diario:
Desde hace ya unos meses camino más que un perro con tres huevas... Bueno, a lo que me refiero es que no tomo un bus interurbano desde hace muchas semanas porque para todas mis vueltas al centro de Medellín y a la Universidad me voy caminando. Eso es quizás lo mejor de trabajar independiente que, cuando no tienes mucho trabajo o cuando trabajas en la madrugada (como es mi caso) puedes tener muchas horas de ocio, en mi caso esas horas la uso para dibujar, para leer, para ver películas y, últimamente, para caminar por todas partes prescindiendo del bus o del auto en general.
Entonces cada vez que voy a la Universidad a dar clase me voy caminando, o a la terminal de buses intermunicipales también me voy caminando desde mi casa (ir hasta los municipios de Antioquia caminando ya es demasiado, aunque si no me demorara mucho también lo haría), incluso he pensado en irme caminando hasta el aeropuerto Enrique Olaya Herrera, lo único que me impide hacerlo es que los vuelos que tomo cada quince días son a las seis de la mañana y tengo que estar una hora antes en el terminal aéreo (eso haría que me levantara a las 3:30 am porque la caminada puede durar más o menos una hora). Cualquiera pensaría que es fácil pero a mí el camino a pie desde mi casa, en el barrio Calasanz, hasta la Universidad de Antioquia o hasta el centro de la ciudad tarda entre 45 minutos y una hora, tiempo considerable si estás muy ocupado, pero como yo soy un tipo muy organizado con mi tiempo pues tengo para caminar dos horas diarias (una hora de ida y otra de venida) y a veces hasta más, como hoy que caminé tres horas porque primero fui a la Universidad, luego de dar clase fui a recoger los ejemplares de robot (la edición número 80, ya salió) al centro de la ciudad, para luego repartirlos por varios lugares del centro y de ahí volver a la casa caminado, es un ejercicio ni el triplehijueputa (aunque parece que mantengo una maldita barriga que no me baja, a pesar de estar caminando desde hace dos o tres meses, bueno habrá que esperar a ver si el ejercicio me mejora un poco el cuerpecito).
Esas caminadas me sirven de mucho: hago ejercicio que casi nunca he hecho, pienso y planeo muchos asuntos de mi trabajo en general y sobre los cómics que voy haciendo, de distensiono porque no hay nada mejor que salir a caminar y también, aunque es poco dinero, me ahorro los pasajes del bus. Yo realmente recomiendo hacer este tipo de rutinas, si se tiene tiempo y si se es un poco aventurero (bueno, yo no lo soy tanto e igual me ha gustado el asunto).
Hasta pronto.
PD1: ya conté que una nueva edición de robot salió hoy martes, para quienes viven en Medellín y les gusta la gacetilla de cómic es una invitación a que la busquen en los puntos habituales de distribución.
PD2: ya estoy a punto de terminar la edición número nueve de Cuadernos Gran Jefe, que tendrá 36 páginas (cuatro más que la inmediatamente anterior, pero al mismo precio). Sin embargo, esa edición va esperar un rato para poder ser impresa, pues parece que antes va a salir una edición especial sobre el bicentenario de la Independencia de Colombia que hace parte de un proyecto de la Alcaldía de Medellín. De todas formas, salga primero la edición número nueve o la edición especial yo estaré contando todos los pormenores por aquí (al parecer ambas saldrán en los meses iniciales del segundo semestre de este año, si no me da por mandar a imprimir la edición nueve antes. Ah, igual aviso cuando salga para quien le pueda interesar).
27 de abril de 2010
Querido Diario:
Miguel Rivas es mi hermano mayor, ahora está en Buenos Aires y sigo su web blog todos los días.
11 de abril de 2010
Tres conciertos
Ya no soporto tanto el pequeño circuito de rock en Medellín. Los años me han dado para instalarme, de momento, en el pop indie español, música bonita y letras finas, como las de las bandas españolas Astrud, Hidrogenesse, Family o Le Mans, pero esa música no suena en Medellín; ni un solo bar se arriesga a poner pop indie español, quizás porque no lo conocen o porque no les gusta, así que, en muchas ocasiones y cada vez más, prefiero quedarme en casa (el mejor bar del mundo porque ponen la música que más me gusta), o salir un rato al centro de Medellín, al parque de El Periodista, o al parque de El Poblado, a saludar y a tomar unos tragos con mis amigos. Ahora hay poco rock para mí en Medellín, las bandas que escuche en la adolescencia y en los primeros años de juventud no pudieron crecer conmigo, unas se quedaron estancadas porque no tenían otros referentes musicales más allá de lo obvio, otras desaparecieron por ser tan sólo un sueño efímero, flores de un día. Sin embargo, tres conciertos han quedado, por el momento, en mis afables recuerdos de rock en la ciudad:
Frankie ha Muerto, a principios de los noventa. Calle Junín con La Playa.
La banda toca gracias a un plan de la Alcaldía, en aquel entonces, de recuperación del centro de la ciudad. Para aquella época Frankie ha Muerto era una banda muy visual, sus integrantes se vestían y maquillaban como si fueran muertos, un performance que atraía espectadores y que les servía a la banda para sentar una voz de protesta frente a esa Medellín violenta, atroz y asesina de principios de la década de los noventa. Pero lo que más me hace recordar este concierto es que fue el primero que vi al aire libre, en la calle, casi rayando la medianoche. Precisamente, por la hora y el lugar el concierto tuvo un matiz especial, casi surrealista: un grupo de indigentes, cargando sus costales, pogueaban frente al escenario en una suerte de baile exclusivo y privado, pues quien no estuviera invitado y osara bailar con los de la calle era recibido, inmediatamente, con un ramillete de puños, acompañado de puntapiés y, quizás, de algún lance de navaja. Hubo quien intentó y hasta logró poguear con los indigentes, pero siempre fue despedido del baile privado con una sarta de golpes estratégicamente dirigidos.
Los Árboles, a mediados de los noventa. Diagonal al parque de El Periodista.
Este es uno de mis mejores conciertos por las cosas que allí sucedieron. Los Árboles fue un banda que en principio tocaba una suerte de punk ecológico, rara mezcla para aquellos días. Tocaban Los Árboles en un pequeño espacio en el tercer piso de una casa de esquina, diagonal al parque de El Periodista. El espacio donde la banda tocaba era muy pequeño y la gente, en medio del pogo, golpeaba y empujaba al guitarrista y al bajista, a mí todo me parecía la gran cosa pero no estaba preparado par lo que iba a suceder: un “desacuerdo” entre el bajista y el guitarrista hizo que ambos entraran en franca pelea mientras tocaban una versión de Pixies, se tiraban puntapiés y, en momentos, chocaban sus instrumentos. Pero no todo puede ser felicidad pues unos punkeros inconformes, porque no los dejaron entrar gratis a concierto, rompieron vidrios en el primer piso de la casa, llegó la policía, el concierto se volvió un caos, la gente intentaba tirarse desde la terraza de la casa mientras la policía entraba por la calle. Al final, el resultado fue desafortunado para una niña que decidió lanzarse desde aquella terraza, poseída por el pánico inducido por la fuerza pública que arremetía desde el primero piso. "Miedo de qué, si estamos en un concierto", me dije a mí mismo y le dije a unos amigos que iban conmigo, bajamos la escaleras, pasamos al lado de los policías y nos paramos en la avenida Girardot a ver como la gente intentaba tirarse desde la terraza de la casa donde tocaron Los Árboles, que fueron los mejores por primera y última vez para mí. Ultima vez porque, después de unos meses, los fui a ver al auditorio de Comfama de San Ignacio y fueron toda un decepción: parecía que ya no tocaban punk, la vocalista se había ido y la banda se había convertido en una suerte de orquesta intentando una de esas barbaridades que llaman "fusión".
Los Sorners, septiembre de 2005. Cerca del colegio María Auxiliadora.
Para celebrar el cumpleaños de un amigo la novia de éste decidió traer de invitados a Los Sorners. Después de los consabidos tragos, del baile al son de un reproductor de discos, nos fuimos todos al patio de la casa a escuchar y bailar los temas de Los Sorners bajo un cielo con luna llena. La cama y la almohada seca. Amanecí en soledad. Anochecí con una perra. No encuentro el televisor ni el betamax, cantaban Los Sorners aquel día mientras yo bailaba el punk y me acordaba de Kaka de Luxe, de Ilegales, de La Polla Records, de Parálisis Permanente y de Siniestro Total.
8 de abril de 2010
La constancia no siempre vence
El trabajo creativo es una labor que se hace todos los días, nada está ganado, nada es seguro y cada vez las cosas parecen complicarse más. Como es de todos los días lo que más se necesita es la constancia, el trabajo continuado, perseverar hasta alcanzar las metas propuestas. De nada sirve entonces soñar con ser un gran artista (“gran artista”, si es que eso realmente importa) si no se trabaja en la construcción de una idea y en la labor de concretarla. El talento es un embeleco, porque lo que más sirve en la creación artística, para lograr uno o varios objetivos, es el empeño en seguir trabajando.
Si a lo anterior le ponemos un obstáculo más, es decir que no sólo se trata de la creación artística en general sino del dibujo de historietas en particular, entonces todo se complica más porque dibujar cómic para muchos gentiles es como tirar piedras al aire, o estar parado en una esquina; me refiero a que para un grueso de la población ocuparse de la creación de historietas es una absoluta pérdida de tiempo.
Yo llevo quince años perdiendo mi tiempo, entre tirarle piedras al aire y estar parado en una esquina, pero creo que de todas formas algo he aprendido en este oficio tan anodino y es eso que ya dije allá arriba: el trabajo creativo es de todos los días. Pero no se trata de dibujar de manera compulsiva, como una especie de letanía al estilo de “trabajar, trabajar y trabajar”, es la combinación de labores que llevan al dibujante de cómics a creerse que no está perdiendo el tiempo, que en definitiva está creando y que, quizás, alguien o incluso él mismo pueda llamarse artista (“artista”, si es que eso realmente importa).
Para tener ideas hay que ejercitar el cerebro, a menos que se tenga mucha pereza de pensar no creo que exista el bloqueo mental (de hecho hay veces que da pereza pensar pero es voluntario, ¿no?), cuando no hay ideas claras o cercanas se ejercita para cuando ellas puedan llegar, no debe haber cabida para la angustia porque ellas empiezan a circular en la cabeza (por eso la testa es redonda) cuando alimentamos la materia gris con la lectura, el cine, la buena música, incluso con un paseo matutino o con una ingesta de licor un fin de semana. Lo que quiero decir, si es que no me he hecho entender es que las ideas no llegan por una musa, el cerebro se ejercita para tener ideas y cuando estas no llegan hay que dejar tranquila la mente mientras divaga por otras historias, que son fruto de las ideas de otros.
La mente y la muñeca convergen en el dibujo de cómics, así que cuando una idea se ha gestado, y después de un proceso de maduración que puede ir de minutos a años, es posible llevarla al papel. La destreza de la muñeca marca la fidelidad gráfica con que es expresada esa idea de la mente, por eso la mano también tiene que ser ejercitada, bien sea con pequeños bocetos, sencillos dibujos o, como suele hacer este humilde servidor, dibujando todos los días sin excepción.
También se necesita constancia para publicar, en la Internet o en papel. De nada sirve ejercitar el cerebro para que produzca ideas, que luego serán finamente copiadas por una mano de alta competición, si todo el universo creado se queda en un cajón del escritorio. Hacer historietas es un proceso que involucra muchas más cosas que sólo sentarse a dibujar lo primero que se te ocurre. Por cuarta y última vez lo repito, se trata de un asunto de todos los días, del resto de la vida, en todo momento y lugar llevarás en la frente un letrero que dice “hago historietas”, porque el que dibuja cómics no puede renunciar a hacerlos, no puede dejar de pensar en ello, se le convierte en una obsesión tal que, quizás, no conciba vivir si no puede crear un dibujo más. En ese punto las ideas fluyen, aunque cada vez es más difícil estar conforme con lo que se dibuja, y ya es imposible apartarse de esa práctica maravillosa que es pararse en una esquina toda la vida. ¿Y el dinero? ¡Qué va! ¿Desde cuándo pagan (o pagan bien) por tirar piedras al aire?
2 de abril de 2010

